Cuando el alma queda marcada por el adiós

Cuando un amante de los caballos entra en este mundo y comienza a relacionarse de verdad con ellos, cuando aprende a conocerles y a amarles, paga un peaje enorme: gana el privilegio de relacionarse con unos animales tan grandes como nobles, pero lo compensa dejándose un trozo de su alma y de su ser con cada pérdida. Y cuando llevas muchos años con ellos, las muescas del corazón son tantas y tan profundas que marcan cada aspecto de tu vida, y te convierten en un humano mejor. Hoy hemos perdido a Jurko, así que tenemos un nuevo agujero en el corazón. Jurko fue un magnífico caballo de salto, precioso, enorme, majestuoso. Por fortuna en su vida se cruzaron un niño y su familia, grandes aficionados al salto, que apostaron por él. A este niño, al que apenas le sobresalían las piernas de la montura y que parecía diminuto en comparación con su gran caballo castaño, Jurko le enseñó paciencia, valor para saltar grandes obstáculos, alegría al ganar premios importantes, humildad para aceptar que las cosas no salen siempre bien, que la equitación es un deporte que exige esfuerzo y dedicación, que a veces se gana y otras muchas se pierde. Alvarito se convirtió en Álvaro, y continuó montando, compitiendo y dando clases a niños y adultos. Pero como la primera lección que le habían enseñado era el respeto por sus caballos, cuando Jurko cumplió 17 años lo retiró, al igual que a Calipso, el otro gran caballo de la familia: aún se encontraba en la cima de su carrera, ganando en pruebas grandes, pero había llegado el momento de que disfrutara de un bien merecido descanso y de la libertad. Los años pasaron y Álvaro montó muchos otros caballos, algunos muy grandes, pero en la vida de cada jinete solo hay un compañero del alma, y este era Jurko. Tanto, que lo lleva tatuado en la piel al igual que en el corazón. Su padre nos decía hace algún tiempo, bromeando pero con un fondo muy serio, que el día que faltara Jurco sería día de luto nacional, que cogería un avión para huir a Alemania... ese día ha llegado y Rafa no solo no ha huido sino que se ha echado al hombro el momento más amargo, el de decir el último adiós a ese compañero. Nuestro Poniclub está tan de luto como lo están Álvaro y su familia. Calipso, el otro abuelo, buscaba esta mañana desconsolado a su amigo de retiro, yo creo que consciente de lo que había pasado pero no queriendo creérselo. Jurko, venerable a sus 29 años, se fue en silencio y casi de puntillas, como intentado marcharse sin ruido y sin causar sufrimiento. Los años no perdonan, pero él disfrutó de sus últimos momentos sabiéndose querido y cuidado. En las praderas del cielo ya no le duelen las articulaciones, ni su corazón amenaza con pararse. Se ha convertido ya de manera definitiva en el compañero del alma de Álvaro, y desde allí le acompañará siempre.

"Nunca imagine que llegará el día que me tocará despedir a mi compañero, a mi confidente al gran amor de mi vida. Han sido casi 19 años juntos, llenos de recuerdos y experiencias inolvidables, me enseñaste tantas cosas... Le doy gracias a la vida por ser afortunado de tener un compañero inolvidable. Ayer tu gran corazon no pudo seguir dandome cariño y se apagó lentamente sin hacer ruido, como si no quisieras que me diera cuenta de que me dejabas, como si quisieras que todo fuera fugaz y asi atenuar nuestro dolor, y en este momento que no salen las palabras, solo puedo decirte gracias, gracias Jurko, siempre estaras en nuestros corazones, descansa amigo.

Jurko (1989/2018)"

#adiós #Jurco #pérdida #homenaje #poniclubvallev

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